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Intentos de difusión bíblica
No será hasta el año 1869, con
el triunfo de la revolución liberal y la introducción
de un artículo en la Constitución concediendo cierta
tolerancia religiosa, que muchos protestantes que habían
vivido clandestinamente salgan a la luz organizándose en
pequeñas iglesias.
Pero ya en 1835 se habían producido los primeros intentos
de difusión de la Biblia, con los viajes de un aventurero
inglés, agente de la Sociedad Bíblica Británica
y Extranjera, que se estableció en una pensión detrás
de la Puerta del Sol acabando en los calabozos de Madrid. El intrépido
Jorge Borrow se entrevistó con Mendizábal y logró
publicar en la capital una edición del Nuevo Testamento
en el establecimiento del conocido escritor de economía
política Andrés Borrego, propietario y director
del periódico El español.
Borrow era popularmente conocido en la sociedad de Madrid como
Don Jorgito, y llegó a abrir una tienda para la distribución
de biblias, nuevos testamentos y evangelios en la calle del Príncipe,
hasta que toda esa literatura fue secuestrada y prohibida por
una Real Orden del año mil ochocientos treinta y ocho.
Sus memorias sobre La Biblia en España fueron traducidas
por el que sería luego presidente de la República,
Manuel Azaña, en 1921, así como su famoso estudio
sobre los gitanos de España (Los Zincali). Don Jorgito,
«el inglés», hizo también una versión
del Evangelio de San Lucas al caló, y fue especialmente
respetado y admirado por la comunidad gitana madrileña,
con la que frecuentemente se reunía en el barrio de Lavapiés
para enseñarles a leer y escribir.
Otro madrileño de adopción, Usoz y Rio, nacido en
el virreinato del Perú, llegó de niño a Madrid.
Amigo de Borrow, y convertido al protestantismo, se reunía
en su casa de la calle de Atocha 58 (donde hoy se encuentra el
teatro Benavente) con un grupo de madrileños para orar
y leer la Biblia. Menéndez Pelayo dijo de él que
era el protestante más honrado que nunca había visto.
Durante toda su vida Usoz fue reuniendo libros de los antiguos
reformistas españoles, los cuales habrían de ser
luego donados por su viuda a la Biblioteca Nacional y constituyen
hoy un fondo extraordinario para investigar el origen del protestantismo
español. 

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